Ecosistema de la educación
By Jackie Valley
Photos by Jeff Scheid
Every school is different. But some challenges and triumphs are universal. Take a peek into today's education world through the lens of Sunrise Acres Elementary School in Las Vegas.
Every school is different. But some challenges and triumphs are universal. Take a peek into today's education world through the lens of Sunrise Acres Elementary School in Las Vegas.

Esta serie fue publicada el 24 de junio de 2018, traducida al español y editada para mayor claridad a partir de una versión en inglés, misma que aparece en la página de The Nevada Independent.

Nota: Al momento de la publicación de esta serie la directora de la Escuela Primaria Sunrise Acres era Margarita Gamboa, quien ahora dirige la EscEscuela Primaria George E. Harris. La actual directora de Sunrise Acres es Jeanne Iverson.

Tercera parte de una serie de cinco.

La noche en la que Kira Ward y su marido recibieron a una invitada en su casa colocaron alarmas en cada puerta.

Su invitada era una niña de 9 años llamada Emily, quien a media noche se había salido del departamento de su abuela ubicado en el centro de la ciudad. Su travesía nocturna terminó en una fiesta al final de la calle, donde la policía la encontró y contactó a Servicios de Protección Infantil. Los trabajadores de la dependencia determinaron que la abuela de Emily, quien estaba débil y padecía cáncer, no podía atender adecuadamente a la pequeña.

Así es como Emily, una alumna de cuarto grado de la Escuela Primaria Sunrise Acres, terminó viviendo con la trabajadora social de la escuela. Ward y su esposo, quienes habían pensado en convertirse en padres de hogar temporal, se ofrecieron a cuidar a Emily por un tiempo.

(Foto: La alumna de cuarto grado “Emily” da a un recorrido por su antiguo vecindario junto con su madre de adopción temporal, Kira Ward, quien también es trabajadora social de la escuela, el 19 de diciembre de 2017).

 

Emily se pasea en una pequeña motoneta; él está empujando un camión de juguete. Los meses viviendo bajo el mismo techo han hecho que se unan como hermanos.

Hay momentos tiernos — como cuando el niño descubrió que tenían los mismos lunares en el brazo derecho — y unos más difíciles cuando pelean por juguetes o espacio personal.

Los Ward no pasan por alto la nueva dinámica familiar. Envían por correo tarjetas de Navidad a sus seres queridos con fotos de los niños posando como una familia de cuatro.

“Hay muchos desafíos, pero estamos aprendiendo y creciendo día a día”, escribieron los Ward en un mensaje en la tarjeta. “El futuro (de Emily) es incierto, pero oramos deseándole lo mejor”.

A final de cuentas, Emily se quedó con la familia durante seis meses. Jugaban juntos, cenaban juntos, celebraban los días festivos juntos e incluso viajaron juntos. Ella pasó el Día de Acción de Gracias con ellos en Nuevo México visitando a familiares. Emily se trasladó a un nuevo hogar temporal en febrero, poco después de que Ward descubrió que estaba embarazada, y quedó claro que atender las necesidades de Emily, un niño de dos años y un nuevo bebé sería demasiado.

Todavía se mantienen en contacto, y Emily sigue considerando al hijo de Ward como su hermano.

Al principio de la estancia de Emily con los Ward surgió una pregunta: ¿Qué debía decir Emily a otros estudiantes que se preguntaban por qué abrazaba con frecuencia a Ward o se iba con ella todos los días cuando terminaban las clases?

Un colega le dio a Ward y a Emily este consejo: “Díganles que a veces tenemos que cuidarnos los unos a los otros”.

Ese sentimiento se percibe especialmente en las escuelas, donde varias decenas de adultos asumen la responsabilidad de cientos, a veces miles, de estudiantes en un campus. En Sunrise Acres, 93 empleados son una parte fundamental del ecosistema educativo; se encargan de la enseñanza, orientación, asesoría y cuidado del cúmulo fluctuante de niños que asisten a la escuela todos los días.

Y, para muchos, no es sólo una labor de siete horas al día que finaliza con un cheque de pago. Ellos han tomado decisiones a consciencia de renunciar a otras posibles carreras o a pasar un tiempo valioso con sus seres queridos para ser una presencia constante en la vida de estos niños.

Pero también son seres humanos, y están sujetos a las mismas preocupaciones que agobian a la sociedad.


Arriba: La consejera de la Escuela Megan Gutiérrez, a la izquierda, y la directora Margarita Gamboa participan en una ceremonia la mañana del 27 de abril de 2018. Al centro: El custodio de la escuela, José Rogel, conversa con estudiantes en la cafetería el 24 de mayo de 2018. Abajo: Robert Rosenblatt, a la izquierda, estratega de aprendizaje, muestra un letrero de la casa Umusa a un estudiante el 22 de marzo de 2018.


Llenando vacíos

Vistiendo su abrigo de invierno color rosa y morado, Rebeca Subingsubing tiembla al pasar por la administración del complejo de departamentos en el que vive. Es justo después de las 7:20 am en un día nublado de febrero.

Da vuelta a la derecha, empezando su recorrido de ocho minutos a pie rumbo a Sunrise Acres. Pasa al lado de un conjunto de casas de un solo piso, otro complejo de apartamentos y una escuela secundaria antes de cruzar la calle North 28. Los vehículos con miembros del personal a bordo que viven por todo el valle de Las Vegas, están entrando al estacionamiento de la primaria, pero a diario se trasladan a esta escuela Título I.

Ahí está el custodio que llega primero la mayoría de los días y saluda a los niños con una sonrisa tímida.

Ahí está el consejero con su capa, quien fomenta el liderazgo, la tolerancia y la autoestima de los estudiantes.

Ahí está el estratega de aprendizaje quien además es quien pone la música en el baile del Día de San Valentín.

Ahí está la maestra de primer grado, quien encabeza un evento después de clases para conmemorar el Mes de la Herencia Afro-Americana.

Ahí están las cuatro mujeres quienes están al frente de la recepción y cuidan la entrada de la escuela, registrando a los nuevos estudiantes y manteniendo a flote las operaciones en el edificio.

La lista sigue, llena de personas quienes tienen la capacidad de establecer un vínculo o inspirar a los niños que asisten a Sunrise Acres. Este es el capital humano que hace posible el aprendizaje.

“Amamos la escuela”, dice la directora Margarita Gamboa. “Por eso somos maestros. Por eso somos educadores. Todavía queremos estar en una escuela”.

Sin embargo, la dotación de personal plantea un problema perenne para el Distrito Escolar del Condado Clark. El quinto distrito más grande del país generalmente tiene cientos de vacantes en un momento dado. En febrero, por ejemplo, se situó en el número 561. La situación ha llevado a las autoridades escolares a declarar una escasez crítica de trabajo para los conductores de autobús, maestros sustitutos, profesores de primaria, de educación especial y de escuelas intermedias y secundarias que se especializan en matemáticas, ciencias e inglés.

“Solo necesitan atención.”

Foto: Rebekah Subingsubing, una maestra de educación especial, mira las fotos de su familia el 21 de febrero de 2018. Su familia vive en Filipinas.

Así es como Subingsubing llegó a Las Vegas el verano pasado. Esta mujer de 30 años cambió el ambiente tropical de su nativa Cebú — una provincia de las islas Filipinas — por el desierto, donde la esperaba un trabajo en la enseñanza. Ella no tenía ropa para el frío.

“La gente dice, ‘oh, en Las Vegas hace calor,” comenta Subingsubing, describiendo las reacciones de la gente a su mudanza al otro lado del Pacífico. “No traje ropa para el frío”.

Su historia no es necesariamente única, incluyendo la distancia que recorrió para enseñar aquí. Los miembros del personal de Sunrise Acres provienen de diferentes partes del mundo: Alemania, Michigan, Maine, Nueva York, Ohio, California, Arizona, Colorado, Nuevo México, México y más. A muchos de ellos la enseñanza los trajo a Las Vegas, donde se adaptaron a una ciudad que crece en el desierto, con veranos calurosos y secos e inviernos moderados.

Subingsubing ahora lleva puestas unas botas hasta la rodilla y una chamarra gruesa. Esta vestimenta la mantiene aislada del frío mientras camina hacia Sunrise Acres, el lugar que ella llama su “destino”. Una entrevista oportuna con unos reclutadores la condujo a una oferta de trabajo y luego a tomar una importante decisión. Aceptar el puesto significaría decir temporalmente adiós a su marido y a sus dos hijos pequeños.

Subingsubing dice que ella y su marido debatieron con el factor del tiempo y el dinero. El incentivo financiero era demasiado bueno para dejar pasar la oportunidad: Su salario estadounidense sería el triple de lo que ganaba como maestra de preescolar en una escuela pública filipina. Ella aceptó, convirtiéndose en uno de los 81 maestros filipinos contratados para trabajos de educación especial en el Condado Clark en este año escolar.

“El riesgo, sí, fue dejar a mi familia”, explica Subingsubing, describiendo su decisión. “Pero los estoy ayudando”.

Subingsubing envía dinero a su familia regularmente, incluyendo a su padre quien tiene cáncer. Su familia se ajusta a la diferencia de 15 horas para comunicarse en el video chat de Facebook y vía fotos. Sus hijos, de 6 y 8 años, se maravillan al ver imágenes de su madre jugando con la nieve en Mount Charleston.

Subingsubing espera que puedan visitarla este verano y tal vez, un día, vivir aquí. Por ahora, ella está llenando una vacante de personal en Sunrise Acres, donde enseña a algunos de los niños más vulnerables de la escuela. Sus estudiantes tienen graves dificultades de aprendizaje. Algunos apenas verbalizan. Otros no han dominado lo básico como el alfabeto o los números. Todos requieren atención especial.

O como Subingsubing plantea: “Solo necesitan atención”.

Melissa Tanner, una maestra de cuarto grado, habla con un estudiante el 11 de mayo de 2018.

Una decisión para quedarse

Sin embargo, el servicio que los maestros brindan en Sunrise Acres es un trato relativo en comparación con otras escuelas del Condado Clark. El maestro de escuela mejor pagado, con tiene 23 años de experiencia, se lleva a casa $71,967 anualmente.

El salario promedio de los maestros en Sunrise Acres este último año fue de $50,502 dólares, mientras que el promedio en todo el distrito fue de $54,754 mil. Los maestros que acaban de empezar reciben $40,900.

La discrepancia en el pago no es inusual para las escuelas de Título I, que tienden a tener maestros más jóvenes e inexpertos. El maestro promedio del Condado Clark ha laborado 10 años con el distrito, pero el promedio entre los maestros de Sunrise Acres es la mitad de ese tiempo.

Los funcionarios de educación del Condado Clark reconocen que puede ser difícil atraer y retener a los maestros en las escuelas de Título I, donde las necesidades a menudo son mucho mayores y las expectativas siguen siendo igual de elevadas. Así que las escuelas tienden a ser una puerta giratoria, con nuevos maestros que entran, obtienen un par de años de experiencia y se marchan en busca de puestos de trabajo más cercanos a donde viven.

Pero también hay maestros, como Melissa Tanner, quienes desafían las probabilidades. Este es su décimo segundo año como maestra en Sunrise Acres.

Se supone que eso no debía suceder.

Tanner estudió en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) y se especializó en negocios. Sus padres le pidieron a aquella universitaria quien estaba a punto de graduarse que se incorporara al mundo empresarial o que asistiera a la escuela de Derecho. Sin embargo, un anuncio de Teach For America llamó la atención de Tanner en una feria de empleos profesionales durante su último año de estudios.

“Recuerdo haber pensado que sería una buena entrevista de práctica”, dice desde el acogedor salón donde da clases a alumnos de cuarto grado. “Siempre quise ser maestra, y no creía que eso pudiera ocurrir”.

Una de las dudas de Tanner: Su madre, quien es maestra, describía la profesión como poco valorada y mal pagada.

A pesar de eso, Tanner no pudo resistirse a su creciente interés. Pasó la primera ronda de entrevistas y luego la segunda y después la tercera. Cuando por fin llegó su carta de aceptación, Tanner dice que su grado de emoción facilitó la decisión. Daría clases dos, posiblemente tres años y luego forjaría un nuevo capítulo en su carrera.

Teach For America — un programa que coloca a los recién graduados en escuelas en situación de riesgo en todo el país — envió a Tanner a Las Vegas. Ella comenzó como maestra de primer grado en Sunrise Acres y siguió encontrando razones para quedarse. Primero fue para que pudiera terminar su maestría en educación. Después solo fue pura corazonada.

Si era hora de irse ¿Por qué se sentía tan triste?

Tanner aplazó su ingreso a la Facultad de Derecho de Notre Dame por varios años. Por último, renunció por completo a su lugar en la universidad. La emoción de la enseñanza nunca se desvaneció, a pesar de saber que sus amigos de MIT tenían casas de $500,000 y se iban de vacaciones a sitios exóticos. Pero ella no envidia ese estilo de vida de oficina.

“Cada día siento que, por mí, un niño sabe algo que no sabía antes”, comenta.

Pero Tanner no ofrece la ilusión de un mundo perfecto. Tiene aproximadamente 50 estudiantes en su salón de clases, lo que significa que es responsable de su nivel de lectura y matemáticas, completar sus boletas de calificaciones y realizar conferencias con los padres de familia.

Muchos de sus estudiantes tienen dos o tres años de retraso académico.

Y a tres de sus estudiantes se les murió un padre este año.

Por eso Tanner sigue moviendo la cabeza, semanas más tarde, mientras recuerda una conversación que sucedió en un café. El barista insinuó que los maestros tienen un trabajo fácil y muchos días de descanso.

“Creo que la gente no entiende todo lo que invertimos en esto; cuánto se trabaja para planificar las lecciones, la cantidad de trabajo que tenemos que hacer y cuántas horas de trabajo están fuera de la jornada escolar”, dijo.

En su caso, cada noche tiene al menos tres horas de trabajo extra.

El factor del estado de ánimo

El trabajo adicional que los profesores llevan a cabo es para sus estudiantes. Los maestros de Sunrise Acres que respondieron a una encuesta realizada por The Nevada Independent dejaron esto en claro.

A ellos simplemente les gusta ver que sus estudiantes aprendan, ya sea que signifique ver un crecimiento medible conforme pasa el tiempo o en aquellos momentos “de luz” cuando un alumno finalmente entiende un concepto.

Pero Sunrise Acres — una escuela con una trayectoria ascendente, al menos según los estándares estatales — no es inmune al agotamiento, la insatisfacción o el desánimo de los educadores. Cuando se les pidió que describieran la peor parte de su trabajo, los miembros del personal no pasaron por alto los aspectos más desagradables:

“Sin vida personal. Las horas son infinitas y el pago es lamentable.”

“Me llevo algunos recuerdos a la casa y son difíciles de olvidar.”

“Ya no se nos permite simplemente enseñar.”

“Lo peor es dar lo mejor de ti y a cambio ser criticado o mal entendido.”

Los maestros lamentan tantas tareas que a diario consumen mucho de su tiempo — exámenes, recopilar datos de las evaluaciones, implementar nuevos programas, juntas y crear a detalle planes de estudio que cumplan con los estándares de contenido — minutos y horas que, dicen, podrían invertir en la enseñanza.

Otro reto: Tener tiempo para las lecciones que quedan fuera del alcance de las pruebas estandarizadas.

Foto: Cuadros informativos que marcan el progreso académico de los estudiantes cuelgan de una pared en la cafetería el 9 de marzo de 2018.

En febrero, Carmen Foster-Patillo pide a sus alumnos de primer grado que levanten la mano si entienden lo que significa ser un esclavo. Unos cuantos alzan la mano.

“Un esclavo es como el que es, como el que es…” un estudiante comienza antes de perder el hilo de sus pensamientos.

Una de sus compañeras completa la idea: “A la gente se le decía qué tenía que hacer”.

Foster-Patillo aplaude las respuestas y describe de manera más amplia el tema de la esclavitud como un preludio a una mini-lección acerca de Harriet Tubman, una ex esclava quien ayudó a otros a escapar a través del Underground Railroad [una red secreta de casas y rutas de ayuda para llegar a estados libres de esclavitud].

La lección llega al final de la jornada escolar. Después de una ronda de lectura cuyo objetivo fue encontrar la idea principal de una historia y tras una lección de matemáticas acerca de sumas de números iguales. (Para alumnos de primer grado, esto significa memorizar las sumas de “1 + 1”, “2 + 2” y así sucesivamente para ayudar a resolver adiciones más complicadas).

Foster-Patillo se niega a dejar de lado las lecciones del Mes de la Herencia Afro-Americana al darle prioridad a material que podría traducirse en puntos por habilidades de matemáticas o lectura para los estudiantes. Así es que aparta algunos minutos al final de cada día para exponer dicho contenido.

Pero la situación le molesta. La urgencia para desarrollar mejores lectores y matemáticos — habilidades que, sin duda, también les sirven a los estudiantes para medir el desempeño de una escuela — deja poco tiempo para impartir clases de cultura o impulsar la creatividad.

Foster-Patillo dice que las presiones pueden acabar con el entusiasmo de los profesores.

“Son demasiadas juntas; son demasiadas expectativas”, dice, antes de añadir: “Esto viene de un buen lugar”.

La montaña rusa que es el estado de ánimo del personal — a veces canalizado hacia la dirección escolar — no se pierde al nivel de los administradores. Como en cualquier organización, la frustración a menudo brota desde abajo. Por ejemplo, Gamboa, la directora de la escuela, dice que nota el desgaste a principios de diciembre cuando las vacaciones añaden estrés aparte de tener que terminar las boletas de calificaciones y atender muchas necesidades de los estudiantes.

“Es agotador”, afirma.

Los pequeños incentivos ayudan. Pan tipo bagel en la sala de descanso. Alguien que brinde apoyo en el salón de clases. Un agradecimiento público.

Sin embargo, hay otro tipo de estrés escolar que incluso los mejores administradores no tienen en poder de resolver. La raíz está en la siguiente pregunta: ¿Cómo podemos mantener a los estudiantes seguros, cuando una persona cruza por la puerta de enfrente decidida a cometer un acto atroz y sin sentido?

Amanda O’Grady, maestra de educación especial en preescolar, forma a sus estudiantes en el pasillo el 12 de abril de 2018.

Protegiendo a los inocentes

Los miembros más pequeños de la escuela se concentran en los salones No. 1 y No. 2, que comparten una puerta y un patio de recreo enrejado, una flotilla de triciclos y mesas de picnic en miniatura. Esta es la sede del pre-jardín de niños.

Los niños de 3 a 5 años, incluyendo algunos con problemas de aprendizaje, pasan ahí medio día de lunes a jueves. Es un lugar donde el juego tiene un propósito: Una zona con una cocineta ofrece un aprendizaje social y emocional. Cubos magnéticos de colores para desarrollar habilidades motoras. Y un rincón de lectura favorece la comprensión del abecedario.

Este día de enero comienza como la mayoría. La maestra Amanda O’Grady muestra a los 20 estudiantes de preescolar fotos de una biblioteca, un Walmart y un McDonald’s — algunos se mueven más que otros — que están sentados en un tapete frente a ella. La profesora pregunta lo que ellos pueden encontrar en cada lugar.

“¿Ustedes van a comprar bicicletas a un McDonald’s o a comprar comida?”

“Comida,” gritan los niños al unísono.

Es un ejercicio cerebral diseñado para ayudar a los niños a entender las palabras del vocabulario y a dibujar conexiones entre los lugares y sus propósitos. Hoy, también aprenderán un concepto nuevo: Un cierre total de la escuela.

El simulacro de seguridad ya se realiza en todo Estados Unidos conforme el personal escolar navega una sociedad plagada de actos de violencia al azar. El derramamiento de sangre en las escuelas Columbine, Virginia Tech y Sandy Hook impuso esos nombres en el lenguaje vernáculo de la unión americana, haciéndolos sinónimo de una nueva era de horror: Alumnos y educadores inocentes asesinados a manos de atacantes que entran a los salones de clases armados hasta los dientes.

La mórbida realidad es que esto podría ocurrir en cualquier lugar, y de hecho pasa. Incluso policías locales de la escuela han indicado que la pregunta es cuándo, no si sucederá. Después de todo, la frecuencia de los tiroteos en las escuelas ha hecho que estos incidentes sean acaso una noticia más.

Y ahora los profesores y los estudiantes se preparan para saber qué hacer si un intruso — término que causa menos temor que el de un “gatillero en activo” — irrumpe en lugares que antes se consideraban refugios seguros.

“¿Recuerdan lo que debemos hacer si tenemos un cierre total?” pregunta O’Grady a sus estudiantes.

Los niños la ven fijamente, así que ella procura utilizar términos más sencillos — a dónde ir y qué hacer. Ella descarta el por qué para no asustar a sus estudiantes, quienes apenas pueden deletrear sus nombres.

“Así que hoy si nos toca escuchar que alguien dice ‘cierre total,’ vamos a ir en silencio total a sentarnos en el área de matemáticas”, dice.

O’Grady entiende, con lujo de detalle, lo que sus estudiantes tal vez no comprendan. Tres meses antes, ella estaba en un festival frente a la Mandalay Bay Resort y Casino, escuchando música country cuando retumbaron los disparos. Un hombre cerca de ella cayó al suelo, una herida de bala perforó su hombro. Esa fue su única pista, el bam-bam-bam no lo producía un espectáculo espontáneo de fuegos artificiales.

“Me dirigí a mis amigos y dije, ‘nos tenemos que ir. Nos tenemos que ir’”, recuerda.

Ellos corrieron tirándose al suelo mientras que más balas caían del cielo. Su trayectoria irregular los condujo fuera de la zona del concierto, que se convirtió en una batalla campal y hacia el Tropicana, donde se apilaron en el sótano del casino detrás de las máquinas tragamonedas. No se movieron hasta que el esposo de su amiga — un sargento de la Policía Metropolitana — los llevó a una zona segura más tarde.

O’Grady, de 31 años, supo más tarde que otros tres amigos quienes estaban en otra parte durante el concierto, habían sido baleados. Todos sobrevivieron.

Ella salió de su casa cuatro días después del tiroteo. Al quinto día, regresó a Sunrise Acres, donde se obligó a sí misma a sonreír en medio de la tristeza. La balacera en Las Vegas, más que aumentar la concientización de O’Grady de que el mal puede atacar en cualquier lugar, alteró su vida para siempre. O’Grady, quien se crió en Long Island, Nueva York, perdió a un amigo de la familia en el ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiembre.

Ahora, los escenarios hipotéticos nublan su mente cada vez que lleva a sus estudiantes afuera para el recreo. Sus pensamientos siempre se concentran en una pregunta: ¿Cómo podría protegerlos?

Foto: Estudiantes de pre-jardín de niños juegan durante el recreo el 18 de enero de 2018.

Es una pregunta que nadie espera responder en realidad pero que ponen en práctica. Después de todo, la violencia incómodamente acecha la escuela.

En mayo, un tiroteo se produce al final de la calle. Sucede poco después de la 1 pm, a la misma hora en que los alumnos del jardín de niños están en el recreo, pero nadie notifica a la escuela. Los miembros del personal se enteran cuando se dan cuenta de la presencia policial y buscan información.

Si la escuela hubiera sido alertada, el personal habría estado listo para movilizarse y, de ser necesario, implementar un cierre total. Ya conocen la rutina.

En enero, pasó de esta manera: La señal llegó a media mañana por el altavoz por parte del asistente del director.

“Atención estudiantes y personal, esto es un cierre total”.

O’Grady y su maestra asistente, Angelica Chandler, guían a los más pequeños a una cava rodeada de estantes con libros. Ahí se arrinconan en silencio, lo cual es raro para un aula de pre-jardín de niños. Unos cuantos pequeños bostezan. Algunos sostienen su dedo índice sobre sus labios, el signo universal de silencio. Uno de los niños, quien lleva una corona porque es su cumpleaños, se ríe en voz baja.

“Veinte estudiantes ¿Verdad?” dice O’Grady mientras cuenta cabezas.

La asistente Chandler asienta con la cabeza. O’Grady anota la información en el sistema informático — número de estudiantes y adultos en el salón — y regresa al punto de seguridad que se escogió.

“Recuerden, esto es sólo un simulacro porque queremos estar a salvo”, dice en voz baja.

Pronto, el visto bueno viene por el altavoz.

“¡Solo guardaron silencio durante tres minutos!” dice O’Grady, con una generosa sonrisa. “Eso estuvo muy bien. Siéntanse orgullosos”.

A medida que los estudiantes regresan al tapete de aprendizaje, Chandler reparte gusanitos de dulce. Es su regalo porque hicieron bien su trabajo.

Cinco días después del simulacro de Sunrise Acres, un gatillero de 15 años mata a dos estudiantes en una escuela secundaria en el oeste de Kentucky.

El siguiente mes un hombre armado suelta balazos en una escuela secundaria en Parkland, Florida, matando a 17 personas.

Y, en mayo, otra balacera en una escuela — esta vez en Santa Fe, Texas — cobra 10 vidas más.