Un Nuevo Comienzo
By Jackie Valley
Photos by Jeff Scheid
Every school is different. But some challenges and triumphs are universal. Take a peek into today's education world through the lens of Sunrise Acres Elementary School in Las Vegas.
Every school is different. But some challenges and triumphs are universal. Take a peek into today's education world through the lens of Sunrise Acres Elementary School in Las Vegas.

Esta serie fue publicada el 24 de junio de 2018, traducida al español y editada para mayor claridad a partir de una versión en inglés, misma que aparece en la página de The Nevada Independent.

Nota: Al momento de la publicación de esta serie la directora de la Escuela Primaria Sunrise Acres era Margarita Gamboa, quien ahora dirige la Escuela Primaria George E. Harris. La actual directora de Sunrise Acres es Jeanne Iverson.

Parte 1 de una serie de cinco partes.

Sam se acurruca en el suelo en medio de un ataque de ira. Aprieta las manos, le tiemblan los labios.

El berrinche del niño, quien cursa el segundo grado, se produce a unos pasos de la cafetería de la Primaria Sunrise Acres, en el pasillo de la escuela, donde Sam le dio una patada a un asistente de profesor, provocando que se tuviera que hacer una llamada en busca de refuerzos. El subdirector Michael Dobbyn llegó segundos después.

“Tienes buen corazón. No eres una mala persona”, le dice Dobbyn al niño de cabello color arena. “Yo sé eso de ti”.

Ambos están en cuclillas. Al otro lado de la pared hay una vitrina de cristal decorada con recuerdos de la universidad — un balón de fútbol de la Universidad de Carolina del Norte, ​​una carpeta de Penn State, un balón de baloncesto de Clemson, y uno de voleibol de la Universidad Estatal de Louisiana. En el centro hay un mensaje para que los estudiantes piensen en su futuro: “¿A qué universidad vas a ir?”

Para algunos alumnos, graduarse, o ir la universidad, puede parecer poco probable; como el caso de Sam, quien ha pasado por traumas y abusos y, en meses recientes, ha tenido que vivir en un albergue de emergencia para niños quienes han sido retirados de la custodia de sus padres.

Ahora, Sam está en la alfombra mientras que Dobbyn trata de persuadirlo para que coma.

“¿Naranjas? ¿Zanahorias?”, le pregunta el subdirector.

Sam niega con la cabeza, pero da pequeñas mordidas a unos pedacitos de pollo y papas fritas que tienen forma de caras sonrientes. Dobbyn continúa hablándole en voz baja, tratando de calmar al niño, quien es propenso a tener crisis todos los días. Con frecuencia, Sam se disculpa, desconcertado por sus acciones.

Pero Sam es demasiado pequeño para entender lo que sus maestros y directores saben muy bien: Los niños tienen una carga emocional que llevan al salón de clases, lo que dificulta el aprendizaje y complica la enseñanza.

Tal vez sea el estrés de una familia fragmentada. O la falta de alimentos. O cambios frecuentes de casa. O la falta de vivienda. O violencia en su colonia. O un trauma que no se puede contar. Cualquiera que sea la causa de raíz, sus secuelas permean los campus escolares de todo el valle de Las Vegas — y también del país — creando un ambiente que va más allá de clases de lectura, escritura y aritmética.


Foto superior: El subdirector Michael Dobbyn habla con un estudiante en el pasillo, el 16 de abril de 2018. Al centro: Banderines de la Universidad cuelgan en el pasillo, 9 de marzo de 2018. Abajo: Estudiantes se sientan en la cafetería después de desayunar, el 16 de abril de 2018.


Esa realidad no se traduce en menores expectativas. La escuela pública, refugio para algunos y centro comunitario para muchos, alberga la misma misión desde hace décadas: Dar a los niños, sin importar su origen, la mejor educación posible. Pero los desafíos cotidianos que los educadores encuentran en Sunrise Acres, y en otros lugares, dificultan esa tarea.

El día del incidente en la escuela, Sam finalmente se pone de pie, toma sus zapatos y se dirige al comedor, sujetando con la boca su cartón de leche. Dobbyn y la directora Margarita Gamboa, quien fue a ver si necesitaban su ayuda, suspiran aliviadas.

A los administradores de la escuela les duele la lucha diaria. Una vez Sam le preguntó a Gamboa si podía vivir con ella. Momentos como ese obligan a la líder de la escuela a ir un lugar en el que rara vez permanece mucho tiempo.

“Regreso a mi oficina y lloro”, dice. “¿Por qué este niño inocente está pasando por esto?”

Una escuela con problemas

Sunrise Acres se encuentra al este del centro de Las Vegas, en una comunidad en su mayoría hispana dominada por complejos de apartamentos y pequeñas casas de un piso.

Eastern Avenue, la arteria norte-sur que atraviesa el valle, corta por la zona de llegada a la escuela y cuenta con negocios como un 7-Eleven, una panadería mexicana, un salón de belleza y un mecánico que anuncia la venta de llantas a $25 dólares. Al otro lado de la calle está el Centro Comunitario del Este de Las Vegas, donde se reunieron cientos de personas al día siguiente de que el presidente Trump anunció planes para terminar con el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA).

Pero gran parte del tráfico peatonal del día a día va hacia Sunrise Acres, una de las pocas escuelas que llevan el nombre de su vecindario en lugar de un personaje destacado. Los auxiliares viales guían a padres y niños entre las calles concurridas mientras siguen su camino de ida y vuelta a la escuela. También es el lugar donde las familias acuden para disfrutar una comida ocasional en un día festivo, asistir a un baile después de clases o a una noche académica.

El edificio original — que ahora es el patio de mantenimiento del Distrito Escolar del Condado Clark — abrió sus puertas en 1952. Una escuela de reemplazo debutó cerca de ahí hace 16 años, en el mismo terreno. Hoy en día, la escuela es hogar de unos 850 estudiantes que van y vienen, y de 93 miembros del personal de tiempo completo y de medio tiempo.

El crecimiento de la ciudad en la década más reciente ya sobrepasó los muros de la escuela. Ahora catorce salones móviles delimitan su perímetro.

El nuevo edificio en el vecindario que se está haciendo viejo no borró la palabra “lucha” del vocabulario de la escuela. A principios de esta década los bajos puntajes en los exámenes catapultaron el nivel de Sunrise Acres hasta el último 5 por ciento de entre las escuelas del Condado Clark en cuanto a rendimiento escolar.

Estudiantes esperan en fila su desayuno el 27 de abril de 2018.
Todos los alumnos de Sunrise Acres reciben desayuno y almuerzo gratis.

El porcentaje de estudiantes de Sunrise Acres quienes pudieron leer o resolver problemas de matemáticas correspondientes a su grado a duras penas se acercó al promedio del distrito a nivel estatal — a menudo en cifras de dos dígitos— en las pruebas estandarizadas del estado. En el año escolar 2011-2012:

  • Sólo el 31 por ciento de los alumnos de tercer grado de Sunrise Acres tuvieron un nivel fluido en lectura, en comparación con casi el 60 por ciento en todo el distrito.
  • Más de la mitad de los estudiantes de cuarto grado de la escuela — 57 por ciento — lee con fluidez, pero esa cifra seguía siendo 13 puntos porcentuales por debajo del nivel del distrito en su totalidad.
  • Treinta y nueve por ciento de los estudiantes de quinto grado en Sunrise Acres leía con fluidez, en comparación con cerca de dos tercios de los estudiantes de quinto grado de todo el distrito.
  • Aproximadamente la mitad de los estudiantes de Sunrise Acres en tercer grado (51 por ciento) y quinto grado (49 por ciento) obtuvieron calificaciones competentes en pruebas de matemáticas. En todo el distrito, el 71 por ciento de los estudiantes en dichos grados alcanzaron el nivel de habilidad.
  • La brecha de rendimiento entre los estudiantes de Sunrise Acres y el distrito en su conjunto fue menor para matemáticas de cuarto grado, 67 por ciento y 73 por ciento, respectivamente.

El deslucido desempeño de los estudiantes hizo que en junio de 2012 la escuela urbana terminara en la Zona Turnaround [cambio radical] del distrito. El objetivo del programa: mejorar rápidamente las escuelas con bajo rendimiento crónico a través de cambiar al personal y destinar más recursos.

Poco después la publicación de una oferta de trabajo llamó la atención de la directora de una escuela, lo que la llevó 19 millas hacia el sur.

“Si lo consigo,
es porque así tenía que ser”.

La Directora Margarita Gamboa observa un programa de ciencia, tecnología, matemáticas e ingeniería (STEM) para padres de familia en la cafetería el 9 de noviembre de 2017.

Viaje redondo

Una estudiante de kindergarten, de nombre Margarita Gamboa, entró a Sunrise Acres en 1976. Era callada, incluso tímida, y sabía muy poco inglés.

Décadas más tarde, Margarita regresaría a esta escuela como una directora bilingüe quien es reservada pero no callada. Gamboa considera que es el destino. Ella deliberadamente no les comentó a los líderes del distrito que deciden la contratación del personal que de niña había asistido a esa escuela.

“Les dije: ‘Si lo consigo, es porque así tenía que ser’”, dice.

Nacida en El Paso, Texas, Gamboa llegó a Las Vegas a los 4 años de edad con su madre y tres hermanos. Su madre siguió a la familia hasta llegar aquí, atraída por la posibilidad de encontrar un trabajo. Encontró un empleo como camarera en un casino en el centro de la ciudad, y la familia se instaló cerca de Sunrise Acres. La mayor parte del tiempo vivieron en apartamentos, incluyendo el complejo que está justo al norte de la escuela rodeada de edificios encajonados, color caramelo. Gamboa comenta que en aquel entonces las viviendas parecían viejas, mientras recuerda haber usado pinzas para abrir y cerrar una de las llaves del agua dentro de un apartamento.

Pero es lo que su madre soltera podía pagar con un modesto ingreso, que a veces era irregular. La familia compartía una cama y comía arroz, frijoles y sopa de pasta más a menudo que la carne. El costo de la sopa: 30 centavos por paquete en la tienda hispana de la colonia.

Sus salidas consistían en visitar un parque cercano o nadar en la piscina de la Roy Martin Middle School. Entre semana, su madre, quien no terminó el tercer año de escuela en México, llevaba a Gamboa hasta la escuela; era un ambiente que al inicio parecía abrumador debido a la barrera del idioma.

“No sabes lo que está pasando”, dice Gamboa. “Uno se siente intimidado porque no sabes si vas a pronunciar la palabra correctamente”.

Conforme Gamboa comenzó a hablar inglés con más fluidez, también aumentó su conciencia acerca de lo que veía por la ventana de su casa. Los fuertes tronidos que escuchaban de noche — y la razón por la que la familia a veces dormía acurrucada en el suelo — eran balazos. La actividad de las pandillas impregnaba su colonia. Cuando los hermanos mayores de Gamboa fueron arrastrados a ese ambiente, su madre llevó a la familia de regreso a El Paso, colocando una barrera de 700 millas entre la violencia y el futuro de sus hijos.

Como estudiante de cuarto grado, cuando la familia se mudó, Gamboa terminó la escuela secundaria en Texas. La vocación de la enseñanza se manifestó desde que era muy joven, alimentada luego de haber ayudado a su abuela a dirigir un grupo de estudios bíblicos durante el verano.

Pero un embarazo no planeado puso esos sueños en riesgo.

A sus 17 años, Gamboa dio a luz a su primer hijo, un varón. Ella le dijo lo de su embarazo a una maestra a quien le tenía confianza, antes que a su propia madre. Esa misma mujer, quien daba clases de orientación vocacional, animó a Gamboa para que fuera a la universidad — con todo y el bebé — a pesar de que un consejero de la escuela le sugirió lo contrario. La maestra incluso la ayudó a conseguir una beca.

La tutoría que Gamboa, ahora de 47 años de edad, recibió por parte de su maestra de orientación vocacional la ha acompañado siempre. Es un recordatorio de los múltiples roles que los maestros a menudo juegan en la vida de los estudiantes.

“Si quieres ser maestro, también serás un consejero. También serás psicólogo. También serás mentor, un buen oyente”, dice. “Nuestros maestros dan eso a los estudiantes. Es como ese lado innato, artístico de la enseñanza. No sólo son números y letras”.

Un bebé de 7 meses, un auto Caprice Classic que devoraba gasolina, cursos universitarios y el trabajo fueron demasiado para ella. Gamboa abandonó los estudios.

Poco después, la vida la trajo de vuelta a Las Vegas. Un departamento de una recámara cerca de Eastern Avenue y Bonanza Road sirvió como refugio para los seis miembros de la familia: Margarita, su esposo, el bebé, su madre y dos hermanos. Mientras que el marido de Gamboa, un año más joven que ella, terminaba su último año en Valley High School, ella encontró trabajo como procesadora de textos para un oficial de audiencias.

Cuando su puesto fue eliminado seis meses más tarde, los gerentes le ofrecieron un trabajo temporal con la promesa de que podría convertirse en algo permanente. Lo rechazó.

“Les dije: ‘No, no voy a hacer eso’”, recuerda. “Voy a regresar a la escuela”.

Cinco años después Gamboa se graduó de la Universidad de Las Vegas con un título en educación. Reconoce que su determinación y la suerte hicieron que su segundo intento por cursar la universidad fuera un éxito. Una escuela preescolar en el campus la ayudó a cumplir con sus deberes maternales y los estudios, mientras que un trabajo en la oficina del decano le proporcionó el cheque que necesitaba y facilitó el acceso a la biblioteca de UNLV. Incluso haber reprobado una clase de cálculo no arruinó sus planes. Gamboa volvió a cursar la materia y, al final, decidió hacer una carrera corta en matemáticas.

“Como que todo se acomodó”, dice. “Fue una situación ideal”.

El Distrito Escolar del Condado Clark contrató a Gamboa como maestra cuando ella se graduó, comenzando así su aventura en la educación. Para 2012, fue directora de la Reedom Elementary School en el suroeste de Las Vegas. Nuevas casas de estuco rodearon la escuela, el polvo del desierto estaba justo al sur. Muchos estudiantes provenían de familias con educación escolar, aliviando en algunos aspectos la carga para los maestros y elevándola en otros.

La ventaja: Más estudiantes ingresaron a la escuela con conocimientos básicos.

La desventaja: Los padres se apresuraron en culpar a los maestros cuando bajaron las calificaciones de sus hijos .

“Creo que ya había vivido todo eso suficiente: ‘Soy tal persona en la ciudad’ o ‘Soy esa persona’ o ‘Voy a ir directamente con el superintendente”, dice Gamboa.

La escuela suburbana ya no parecía ser la indicada para la exalumna de Sunrise Acres, así que Gamboa aceptó de buen gusto cuando los líderes del distrito le ofrecieron quedarse al frente de la escuela donde pasó su niñez. Ahora, ella es la líder y su hijo más pequeño — un niño quien es alto y ama el karate – es quien va al jardín de niños.


Todas las fotos: Estudiantes y sus familias se reúnen para un día de campo después de clases el 25 de octubre de 2017, para celebrar el nombramiento de Sunrise Acres como una escuela de cuatro estrellas.


Un nuevo día

Superman, la Mujer Maravilla y los Power Rangers, entre otros héroes y heroínas, llenan los pasillos de Sunrise Acres a mediados de octubre. Atrás han quedado los uniformes habituales de los estudiantes, ahora sustituidos por atuendos dignos de sus super-poderes académicos.

Es un día de celebración en la primaria, que unas semanas antes había recibido buenas noticias por parte del Departamento de Educación en Nevada: Los estudiantes demostraron un enorme avance en las pruebas a nivel estatal, lo que llevó a Sunrise Acres a convertirla en una escuela de cuatro estrellas — de las dos que tenía — según el nuevo Marco de Desempeño Escolar de Nevada.

La que fuera una “Escuela Turnaround” [que requiere mejoras] debido a su pésimo rendimiento académico, ahora es una “Escuela con una Estrella Brillante” elogiada por un ser un espacio de alto rendimiento que atiende a un gran número de estudiantes que viven en la pobreza. El nombramiento para Sunrise Acres se da durante el sexto año de Gamboa al frente de la institución educativa y tras la consolidación de un personal que forma mejores lectores y estudiantes que resuelven problemas matemáticos.

“Todo el mundo está más dispuesto superarse”, dice refiriéndose a su equipo.

La transformación de la escuela, parecida al cuento de “La Cenicienta”, llevó tiempo.

Cuando en 2012 Gamboa tomó las riendas como directora, vio que varios alumnos de cuarto grado quienes comenzaron allí en kínder habían obtenido una puntuación perfecta en los exámenes estatales estandarizados. El descubrimiento plantó una semilla de esperanza, y de urgencia.

Le dijo a su nuevo personal que tenía la capacidad de duplicar esas historias de éxito. Esto iba a requerir darle seguimiento, mucho más de cerca, al progreso de los estudiantes, o a la falta de avances.

“Habrá sistemas implementados que será necesario seguir, y que serán supervisados”, recuerda Gamboa que dijo a su personal. “Pero habrá un día en el que yo quiero que ustedes sean parte de ese equipo ganador”.

Ese día no llegó el primer año. La mitad del personal dejó la escuela durante el año inicial, cuando estaba en medio del proceso de mejora — un efecto intencionado y común del programa de transformación radical. En pocas palabras, los maestros no preparados para el desafío o quienes no estaban de acuerdo con el proceso de cambio podían ser transferidos a otra institución, dando a Gamboa la libertad de contratar nuevo personal que compartiera su visión.

Con el tiempo, los esfuerzos de los maestros que se quedaron o que llegaron rindieron frutos. Gamboa dice que seguir más de cerca datos acerca de los estudiantes y formar a los niños con hábitos saludables de aprendizaje permitió mejorar los resultados académicos.

Hoy en día, los estudiantes de Sunrise Acres están más a la par con sus compañeros en todo el distrito en habilidades de lectura y matemáticas. La mayor diferencia, según los resultados de las pruebas estandarizadas del año escolar 2016-2017, se dio en la evaluación de lectura de tercer grado: El índice de aprovechamiento entre los alumnos de tercer grado de Sunrise Acres fue menor en todo el distrito por 8 puntos porcentuales.

Los estudiantes de cuarto grado de Sunrise Acres superaron a todo el distrito en la evaluación de matemáticas. Cincuenta y uno por ciento fueron competentes en matemáticas, en comparación con el 40 por ciento de todo el distrito.

(En general, los índices de aprovechamiento son más bajos que en el año académico 2011-2012 debido a que el estado ha hecho evaluaciones más rigurosas de matemáticas y lectura, que se alinean con las nuevas Normas de Contenido Académico de Nevada. Las Evaluaciones más Inteligentemente Equilibradas, comúnmente conocidas como pruebas SBAC, requieren un pensamiento más crítico y respuestas escritas en comparación con las pruebas anteriores).

Jeffrey Geihs, superintendente asociado de la escuela y supervisor de la Turnaround Zone, dice que una combinación de liderazgo hábil y maestros altamente eficaces contribuyó a la notoria mejora de Sunrise Acres. El éxito de la escuela es el modelo de lo que debe lograr la Zona Turnaround del distrito: una transformación cultural centrada en la mejora de la educación que se le da a los estudiantes, que a su vez se traduce en resultados más positivos en las pruebas.

“El personal que ella contrató tenía la creencia fundamental de que el éxito o el fracaso de la escuela es siempre un problema de los adultos — nunca de los niños”, dice Geihs.

Aun así, la escuela atiende a algunos de los niños más necesitados del valle. Cada estudiante recibe un almuerzo gratis, y se considera que el 51 por ciento del alumnado está aprendiendo inglés.

Y el reciente estatus de cuatro estrellas para la escuela no significa que el trabajo ha terminado. El nuevo reto para el personal de Sunrise Acres: mantener el progreso académico y aprovecharlo.

Kinesha Manuel, maestra de primer grado, habla con un estudiante el 11 de mayo de 2018.

Retos constantes

Antes de que los estudiantes disfrazados salgan a un día de campo para celebrar su éxito, están perfeccionando las nuevas habilidades que necesitan para conquistar este año.

En su clase de primer grado, Kinesha Manuel reparte entre los padres un folleto acerca del entorno de la clase.

“Te voy a preguntar si lo quieres en español o en inglés para que se lo des a tus padres”, dice. “¿Entiendes? Nada más te voy a dar uno”.

Casi un tercio de los estudiantes pide la versión en español. Guardan el folleto en su mochila y se acercan a diferentes herramientas de enseñanza: computadoras portátiles Chromebook con juegos de lectura, pizarrones y marcadores para practicar ortografía y escritura de palabras que están a la vista; y, por último, pero sin ser menos importante, hay una canasta con libros. Es así cómo se van a mantener ocupados en lo que Manuel pone a prueba las habilidades de lectura de cada uno de los estudiantes.

Manuel llama a Aliyah, de 6 años de edad, a su escritorio. La niña conoce la rutina: leer en voz alta el párrafo en el iPad. Pero la primera palabra se le complica.

Después de tres segundos de silencio, Manuel lee la palabra — “adiós” — y hace una anotación. La siguiente palabra es “madre”.

“Pronúncialo en voz alta,” dice Manuel.

Aliyah junta el sonido de las letras de una manera que convierte la palabra de una sola sílaba en un vocablo que tarda varios segundos en pronunciar. Pero acierta. Será la única palabra que leerá correctamente en el margen de 60 segundos. Falla con otras siete palabras. Más tarde, otra niña lee 53 palabras sin problemas.

Manuel registra debidamente los avances o retrocesos de lectura de cada niño, generando datos que pintan un retrato del nivel de habilidad de cada estudiante. Por lo general pone a prueba a un lector de bajo nivel seguido por uno con habilidades de lectura más sólidas, táctica que ofrece un poco de comodidad para la persona que, cada año, recibe a estudiantes con habilidades de lectura de todos los niveles.

“Eso bajas mi estrés”, dice.

La amplia gama de habilidades de lectura no es un arma en contra de los maestros de jardín de niños. Es un problema que se deriva de varios factores, incluyendo la falta de educación preescolar, poca participación de los padres y, en algunos casos, problemas de aprendizaje.

Algunos de sus alumnos de primer grado pueden leer 100 palabras o más de uso frecuente para finales de octubre. Pero otros, como Aliyah, tienen dificultades para leer una docena de estas palabras comunes, tales como “él”, “ella”, “querer” y “dónde”. Es una presión que sólo educadores pueden entender — ver que sus estudiantes crezcan académicamente luego de haber pasado horas en la planificación de clases, la enseñanza y moldeando mentes jóvenes en los salones de clase.

Cuando Manuel termina sus pruebas individuales, dos niñas de cuarto grado entran de repente a su salón y van directo a los estantes. Llegaron para pedir unos libros.

Todavía están leyendo a nivel de primer grado.