Felicitaciones y Paciencia
By Jackie Valley
Photos by Jeff Scheid
Every school is different. But some challenges and triumphs are universal. Take a peek into today's education world through the lens of Sunrise Acres Elementary School in Las Vegas.
Every school is different. But some challenges and triumphs are universal. Take a peek into today's education world through the lens of Sunrise Acres Elementary School in Las Vegas.

Esta serie fue publicada el 24 de junio de 2018, traducida al español y editada para mayor claridad a partir de una versión en inglés, misma que aparece en la página de The Nevada Independent.

Nota: Al momento de la publicación de esta serie la directora de la Escuela Primaria Sunrise Acres era Margarita Gamboa, quien ahora dirige la Escuela Primaria George E. Harris. La actual directora de Sunrise Acres es Jeanne Iverson.

Cuarta parte de una serie de cinco.

La alfombra roja traza el camino sobre el linóleo brillante en la cafetería, separando a los alumnos de cuarto grado que se amontonan en el suelo.

Eso añade un poco de bombo y platillos a este evento, donde medallas y felicitaciones esperan a los estudiantes considerados el “Jaguar del mes” de cada grupo. En la Escuela Primaria Sunrise Acres, la designación no sólo implica un listón o un certificado que se le entrega a los estudiantes seleccionados. En este caso, el título viene con una breve ceremonia — a la que, de ser posible, asisten sus seres queridos — y el reconocimiento público.

El subdirector, Michael Dobbyn, toma el micrófono e inicia la asamblea de enero, dirigiéndose al segundo grupo de alumnos con más edad de la escuela. Les dice que los maestros y los administradores siempre están buscando a los mejores líderes. Podrían ser estudiantes que ofrecen ayuda cuando nadie la pide. O que son compasivos con los demás. O que dan lo mejor de sí mismos en el salón de clases.

A simple vista, el comentario puede parecer contradictorio con el lema de la escuela que está escrito con letras negras en una pared de la oficina principal: “Un líder hace lo correcto, incluso cuando nadie lo está observando”.

Pero el personal de esta escuela situada al este de Las Vegas considera el refuerzo positivo — ya sea para crear hábitos saludables, fomentar un modelo de conducta o de trabajo impecable — como algo vital para sus estudiantes, especialmente quienes carecen del apoyo de sus padres en el hogar. Así que ellos ven y escuchan. Y luego aplauden.

El primero es Alejandro.

“Él está dispuesto a aprender y siempre da lo mejor de sí mismo, incluso en medio del fracaso”, dice Dobbyn.

Sigue Tiana.

“Ella es conocida como líder en ciencias y escritura. Trabaja duro en su preparación SBAC” — una indicación de la prueba estandarizada del estado — “y en la escritura”.

Y luego sigue Luca.

“Su comportamiento es perfecto dentro y fuera del aula”.


Foto superior: Un letrero cuelga en la cafetería de la escuela el 9 de marzo de 2018. Al centro: La consejera de la escuela, Megan Gutiérrez, honra a un estudiante durante una ceremonia la mañana del 27 de abril de 2018. Foto inferior: Los estudiantes de jardín de niños se preparan para salir del salón de clases el 25 de octubre de 2018.


La ceremonia mensual estilo alfombra roja da a los estudiantes y al personal tiempo para reflexionar acerca de lo bueno, en lugar de enfocarse en los retos cotidianos. Si se ponen unos 800 niños inquietos y llenos de energía en un solo lugar, hay muchas posibilidades de ver travesuras e insubordinación. A su vez, el personal de primaria transita por una línea muy delgada en su intento por mantener a estos influenciables niños con ganas de aprender — y llenos de esperanza para su futuro — mientras que preservan el orden en el salón de clases.

A eso se le agrega alumnos con dificultades de aprendizaje y una vida familiar inestable, por lo que no es de extrañar que el Subdirector Michael Dobbyn registre 14,000 pasos antes de salir de la escuela todos los días. Siempre hay disputas por resolver, niños que calmar y otros a los que debe llamarles la atención.

Acciones y consecuencias

Un silencio invade un grupo de cuarto grado conforme la Directora Margarita Gamboa entra al salón de clases en una tarde de octubre. Ella va directo al pizarrón, toma un marcador verde y garabatea tres palabras que se han convertido en su lema en la escuela.

Las cabezas se estiran desde los escritorios cuando los estudiantes tratan de descifrar lo que escribe su directora.

“¿Qué dice?” Pregunta.

“En busca de entender”, responden al unísono.

“Para eso estoy aquí”, dice Gamboa. “Estoy en busca de entender”.

Eso podría haber sido un regaño directo porque se portaron mal el día anterior. Pero Gamboa toma un rumbo diferente. Empieza a hablar del boliche cósmico y de cómo una buena asistencia, el trabajo duro en la escuela y un comportamiento respetuoso pueden brindar a los estudiantes una oportunidad de ganarse un día campo como recompensa.

“La vida se basa en decisiones”, dice, dibujando una línea recta y una línea curva en el pizarrón. “O se sigue un camino positivo o se toma un camino que lleva de nuevo hasta abajo”.

Un letrero motivacional decora un pasillo el 22 de marzo de 2018.

Muchos de ellos siguieron un camino parecido a la línea curva cuando un maestro sustituto dirigió su clase un día antes. El reporte llegó a la oficina de que los estudiantes habían aventado lápices y libros y eso generó comentarios negativos todo el día.

“Un maestro sustituto es un invitado en nuestra escuela”, dice Gamboa con su voz cada vez más firme. “Quiero que piensen: ¿Cómo tratan a sus invitados en casa?”

Durante 50 minutos, Gamboa habla ante el grupo de una manera que es más una lección que un regaño. Les plantea las consecuencias de las malas decisiones — un ciclo que podría hacer que los estudiantes pierdan su recreo o que los manden a la dirección y hasta la expulsión por su comportamiento en la escuela y, en última instancia, la cárcel.

Un extraño silencio envuelve al salón después de que Gamboa señala los caminos de la vida dibujados en el pizarrón. Ella pregunta qué ruta prefieren tomar.

“Nosotros creemos que ustedes son estupendos niños. Son estupendos estudiantes”, dice. “A veces cometen graves errores. Necesitan aprender de esos errores”.

La primera prueba importante de los estudiantes vendrá la próxima semana cuando la clase tendrá otro maestro sustituto. Su maestro, Benjamin Bensoua y otros, estarán acompañando a 36 estudiantes de quinto grado a SEACAMP en San Diego — una experiencia que el personal sabe que para muchos alumnos podría ser su primer viaje fuera del Sur de Nevada.

A los estudiantes se les ilumina la cara cuando les menciona SEACAMP. Ellos podrían estarse preparando para el viaje el año que viene, pero gran parte de esa decisión depende de su conducta y desempeño académico.

Antes de irse, Gamboa pregunta a los alumnos si tienen alguna duda o comentario.

Un niño levanta la mano.

“Una vez mi padre estuvo en la cárcel”, dice.

La situación de ese padre de familia es exactamente lo que el personal de la escuela espera que sus estudiantes eviten. No quieren que Sunrise Acres sea el punto de partida para problemas que crecen más y más conforme un niño se vuelve adulto, lo que lleva a una vida entrelazada con el sistema de justicia criminal.

Por eso los pasillos tienen letreros callejeros que elogian nombres de universidades y fotos de estudiantes con sus aspiraciones profesionales – enfermera, maestra, microbiólogo, piloto, paramédico e ingeniero en robótica. Todo se desarrolla como un mensaje sutil por el edificio, para hacer que los estudiantes crean en sí mismos y en sus sueños incluso cuando sus circunstancias puedan parecer insuperables.

Un estudiante trabaja en una tarea de escritura el 21 de febrero de 2018.


La realidad del comportamiento

Sin embargo, el refuerzo positivo no hace que Sunrise Acres sea inmune a ese tipo de problemas. La escuela registra 211 incidentes de comportamiento en el transcurso del año — y son sólo los que se capturaron en el sistema informático. Noventa y ocho incidentes fueron etiquetados como “comportamiento inaceptable en la escuela”, que puede incluir todo, desde aventar una silla hasta salir sin permiso de un salón de clases. Pero también hubo 23 casos de peleas, 22 de acoso escolar, 18 de conducta agresiva, nueve de golpes, siete de copiar o plagio y siete de contacto inapropiado, entre otras infracciones.

De esas faltas, 103 requirieron una junta con los padres o tutores del estudiante para tratar el problema de comportamiento. Los administradores escolares sólo dieron tres suspensiones; una forma de castigo reservado para el peor comportamiento.

Pero Dobbyn, quien, como subdirector, se encarga de muchos de los problemas de comportamiento, dice que los números no cuentan toda la historia. A menos que los administradores consideren algo como un incidente mayor, no lo ingresan en la base de datos de comportamiento.

En promedio, Dobbyn se reúne con cuatro estudiantes al día por mal comportamiento y para brindarles una orientación informal. Él sospecha que algunos problemas se derivan de las habilidades sociales que los estudiantes no necesariamente están aprendiendo en casa.

“En realidad no les enseñan cómo resolver los conflictos”, dice. “Eso no sólo sucede en Las Vegas, sino en todas partes”.

Es casi imposible determinar cómo se comparan los patrones de comportamiento de Sunrise Acres con otras escuelas primarias. El distrito no les exige que registren de manera uniforme la información detallada del comportamiento de los alumnos.

Además de los números, todos saben que una mala conducta invade el entorno escolar. Como muestra Dobbyn tiene una cicatriz en el pecho. Un estudiante de jardín de niños lo agredió a principios de este año, dejándole un recuerdo duradero.

Sin embargo, los administradores de Sunrise Acres prefieren concentrarse en el “por qué” en lugar del “qué”. Saben que muchos estudiantes entran al edificio con al menos una experiencia adversa en su infancia — llamado “ACE” en el mundo clínico — lo que puede afectar el desarrollo y causar problemas de conducta. Algunos ejemplos incluyen presenciar violencia doméstica o consumo de drogas, ser víctimas de abuso o negligencia, y tener una familia fracturada o a un ser querido en prisión.

“No puedo tratarlos con tanto rigor”, dice Gamboa. “Vienen con muchos otros factores externos de su medio ambiente”.

Así que trata de indagar más profundo, recopilando información de los maestros, el consejero y la trabajadora social, para elaborar una teoría acerca de lo que puede provocar el mal comportamiento de un estudiante. Luego se reúne con el estudiante y, a veces también con los padres para corregir el problema.

Ante todo, Gamboa y Dobbyn dicen que quieren mantener a los niños en la escuela, que es donde deben estar. Aunque algunos educadores pueden favorecer más un enfoque de mano dura, ellos creen que una dosis de compasión puede rendir frutos.

Y en esos momentos de prueba, que podrían alejar a los maestros de esta profesión, a menudo hay un indicio de lo bueno que existe incluso en los alumnos con más problemas. Como la vez que Sam — un alumno de segundo grado propenso a los arrebatos físicos — vio a Dobbyn a los ojos después de patearlo y golpearlo.

“Cuando lo habíamos calmado, me volteó a ver y tenía una lágrima en su ojo y dijo: ‘No lo pude evitar. Lo siento mucho. No sabía lo que estaba haciendo. Lo siento”, recuerda Dobbyn. “Me senté allí y yo estaba llorando con él, y me dio un abrazo”.

El personal, por supuesto, espera que no llegue a ese punto. La escuela tiene varias iniciativas para frenar el mal comportamiento, mientras que fomenta las habilidades sociales y emocionales de las que carecen algunos alumnos.


Foto superior: Robert Rosenblatt, a la derecha, un estratega de aprendizaje habla con un estudiante el 22 de marzo de 2018. Al centro: Fotos de estudiantes que comparten sus aspiraciones profesionales mientras decoran el pasillo el 9 de marzo de 2018. Foto inferior: La consejera de la Escuela Megan Gutiérrez pasa junto a un letrero mientras lleva la cuenta del puntaje de la casa el 12 de abril de 2018.


Se trata de un programa llamado “El Líder en Mí”, diseñado por un director de Carolina del Norte reconocido por haber cambiado el rumbo de una escuela que estaba fallando. El programa desarrolla habilidades de liderazgo y solución de problemas en las materias escolares a través de “siete hábitos saludables”:

  • Ser proactivo. (Tomar la iniciativa y elegir sus propias acciones y actitud).
  • Comenzar con el fin en mente. (Establecer metas y hacer cosas de manera significativa).
  • Empezar por las prioridades. (Ser disciplinado, organizado y dar prioridad a las tareas importantes).
  • Pensar en que todos salgan ganando. (Tener un equlibrio entre lo que ellos quieren y considerar también lo que los demás quieren).
  • Procurar entender primero para después ser entendido. (Saber escuchar y luego saber explicar bien).
  • Crear trabajo en equipo. (Llevarse bien con los demás y aprender de ellos).
  • Crear un balance entre el cuidado de sí mismo y otras áreas de la vida cotidiana. (Cuide su cuerpo y pase tiempo con sus seres queridos).

Este año, Sunrise Acres también inició un “sistema en casa” que organiza a los estudiantes y al personal en seis grupos más pequeños. (Piense en “Harry Potter” y las cuatro casas de la Escuela Hogwarts de Magia y Hechicería).

Robert Rosenblatt, uno de los estrategas de aprendizaje de la escuela, se convirtió en el embajador no oficial del concepto de la casa, que brinda a los estudiantes la oportunidad de formar lazos con diferentes maestros y miembros del personal. A menudo se viste de pies a cabeza con ropa color morado — una oda a su casa conocida como “Umusa” — y encabeza un encuentro matutino estilo rally para reforzar el entusiasmo por la nueva iniciativa.

Como recompensa por su buen comportamiento y hazañas académicas, los estudiantes obtienen patitas impresas, que cuentan como puntos para la casa. La casa con más puntos en ciertos intervalos durante el año gana celebraciones, como un mejor recreo o una fiesta con baile.

“Parte del mundo académico consiste en enseñarles cómo ser buenas personas”, dice.

Sin embargo, esas iniciativas no les permitirán avanzar si los estudiantes no están realmente en la escuela.

Ingresemos al Programa Contra el Ausentismo Escolar. Sunrise Acres pagó $4,000 dólares para implementar el programa en su campus este año, que es dirigido por la Corte de Distrito del Condado Clark, como una manera de combatir el ausentismo y la tardanza. El trece por ciento de los estudiantes de la escuela siempre están ausentes y cada vez que faltan académicamente se atrasan más.

Esos estudiantes visitan Portable 12 el lunes por la mañana para registrarse con miembros de la comunidad que han ofrecido servir como defensores de la familia y jueces. Los voluntarios profesionales trabajan con maestros, padres de familia y estudiantes para asegurarse de que los niños cada día lleguen listos para aprender. Su objetivo en común es mantener a los niños en la escuela y lejos del sistema judicial para menores.

En abril, el programa cuenta con 20 alumnos de Sunrise Acres entre sus participantes. Varios se han graduado. Pero este día están interrogando a un niño que faltó a la escuela el martes después de las vacaciones de primavera. Sus padres no notificaron a la escuela, por lo que cuenta como una falta injustificada.

Tampoco ha estado terminando la tarea, por lo que hay una nota del maestro en su expediente.

“No tengo lápices en la casa”, dice el niño.

Kimmie Webb, la juez voluntaria, le entrega crayones y lápices, una pequeña ofrenda que podría cambiar su rumbo.


Fotos superior y central: Kimmie Webb, a la izquierda, con el Programa Contra el Ausentismo Escolar, habla con los estudiantes acerca de sus registros mejorados de asistencia el 16 de abril de 2018. Abajo: Estudiantes hacen fila en espera de su desayuno el 27 de abril de 2018.


Un difícil comienzo y un futuro incierto

A sus once años de edad, Jordan clava la mirada en la pantalla de la computadora, ignorando a la asistente del profesor que está en cuclillas junto a él. Es la primera hora del día escolar, pero en el caso de Jordan, no hay nada más importante que pasar al siguiente nivel de su juego.

Él está sentado frente a la computadora, a solas, a metros de distancia de otros siete estudiantes que se encuentran en este salón de recursos, un entorno en donde niños identificados con ciertos problemas de aprendizaje se reúnen varias veces a la semana para recibir instrucción en grupos pequeños o de manera individual.

“(Jordan), tenemos que trabajar un poco, después te vas a poder ganar un tiempo para jugar”, dice la ayudante, Dulce González.

“Espéreme, espéreme,” responde el alumno de quinto grado.

“Te voy a dar 30 segundos”, dice González.

Transcurre medio minuto y aún no hay señales de cooperación por parte de Jordan. González intenta de nuevo.

“¿Quieres ganar tiempo de juego? Te voy a dar una última oportunidad”.

A regañadientes Jordan mueve su cabeza en dirección de González.

“¿Qué vamos a hacer?” le pregunta.

González alza las tarjetas que tiene en sus manos, aprovechando su aparente consentimiento. Muestra un pulgar para cada tarjeta conforme Jordan lee las palabras impresas: “pedir”, “tuvo”, “es”, “antes”.

El ejercicio no dura mucho tiempo. Jordan se cubre la cara con las manos mientras ella le sigue mostrando las tarjetas. Él batalla con la palabra “pero”, la confunde con “acerca”. El niño se queja mientras González lo corrige de forma simultánea, pero lo elogia por todas las otras palabras que respondió correctamente.

“Estoy a la mitad de este juego y tú me vas a hacer perder”, dice Jordan. “No quiero hacer esta lección”.

Esta escena ha tenido algunas variaciones desde octubre, cuando Jordan comenzó a estudiar en Sunrise Acres. Aun así, el niño delgado con una sonrisa que deja ver sus dientes se ha dado a querer entre los maestros a pesar de su naturaleza a menudo tramposa. Es el niño de gran corazón en el grupo de quinto grado de Jeannine Frazier, un pequeño que pasa de interrumpir las clases a darle a ella tiernos abrazos de oso.

Por más que Jordan pone su paciencia a prueba, cuando investiga sus antecedentes y sus frustraciones todo se transforma en comprensión.

Jordan vive en un apartamento con su hermano de 18 años de edad y su novia embarazada. Su madre aparece de vez en cuando, pero en general, sus padres no juegan un gran papel en su vida por razones que el niño realmente no discute. Además, los años recientes de Jordan han sido inestables. Ha asistido a dos escuelas cada año desde el tercer grado. Y no fue sino hasta el cuarto grado cuando el personal de una escuela anterior finalmente lo diagnosticó con algunos problemas de aprendizaje, despejando el camino para que reciba servicios de educación especial.

A meses de ingresar a la secundaria, todavía está leyendo al nivel de primer grado.

Una asistente de profesor instruye de manera individual a “Jordan” en el salón de recursos de educación especial el 11 de mayo de 2018.

Jordan personifica la lucha que los maestros enfrentan con estudiantes que soportan las situaciones más duras en la vida, retos de aprendizaje agravados por una vida turbulenta en casa. En el caso de Jordan, los profesores determinaron que le irá mejor con grupos pequeños o instrucción individualizada, así que alteraron su programa de educación individual, que es el plan académico desarrollado para estudiantes que reciben educación especial.

El cambio permitió a Jordan pasar más tiempo en el salón de recursos de Tracey Kennedy, donde el personal hace todo lo posible para impulsar sus habilidades de lectura y matemáticas.

Su reto en el salón de clases — tal vez alimentado por frustraciones académicas — contradice al alumno de quinto grado que ellos observan mientras camina por los pasillos de la escuela. Jordan una vez se encontró con un alumno de jardín de niños que estaba tirado en el suelo sufriendo una crisis emocional. Él se detuvo y animó al niño a ponerse de pie.

“¿Quieres tomar buenas decisiones ¿verdad?” los maestros le recuerdan a Jordan que eso le dijo al alumno de preescolar.

Luego se alejó, sacudiendo la cabeza y murmurando “estos chiquitos”.

Pero este día, a principios de mayo, Jordan es un estudiante que no está tomando buenas decisiones. Mientras González batalla para que Jordan se interese en una lección de lectura, Kennedy se les acerca. La voz tranquila de la mujer de 54 años de edad — matizada por el acento de su natal Nueva Zelanda — capta toda la atención de Jordan.

“Es hora de trabajar”, ​​le dice al niño.

Pero le da otra opción: Él puede participar con los estudiantes que están escribiendo poemas para hacer tarjetas del Día de las Madres. Kennedy le pregunta si le gustaría hacer una tarjeta para Lauren, la novia de su hermano.

Jordan no acepta. Mejor reanuda la lección de lectura.

Dos semanas más tarde, Jordan viste una camisa abotonada, corbata a cuadros y pantalones cortos color caqui para su ceremonia de promoción de quinto grado. Su hermano, Trenton, y Lauren, silban y gritan cuando Jordan recorre el escenario al aire libre para recibir una medalla y su certificado de reconocimiento por haber terminado la primaria.

El año que viene, Jordan estará en un grupo autónomo para estudiantes de educación especial. Kennedy espera que sea una mejor opción para él conforme se adapta a su nuevo entorno. Aun así, a ella le preocupa que estudiantes como Jordan se pierdan entre la confusión de la secundaria, por lo que discretamente le da a su hermano mayor su número de teléfono. Por si acaso.

“Mis estudiantes no tienen habilidades para abogar por sí mismos”, dice Kennedy.

Pero en un cálido jueves por la mañana, su miedo colectivo se desvanece por un momento mientras Jordan saluda con entusiasmo a Trenton y Lauren. Trenton, quien se graduó en 2017 de Desert Rose High School y está buscando trabajo, acaricia el hombro de su hermano menor.

“Te lo dije, ‘tienes que ser bueno si quieres ser alguien’”, le dice.

La ceremonia de graduación termina, el trío se separa, poniendo fin así al paso de Jordan por Sunrise Acres.