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José Alvarado y Flor Campos, dueños del restaurante Olocuilta, hablan con periodistas. Miércoles 1 de febrero del 2018. (Foto: Daniel Clark / The Nevada Independent).

Esta nota fue traducida al español a partir de una versión en inglés, misma que aparece en la página de The Nevada Independent.

Flor Campos y su esposo José Alvarado están sentados en una mesa de su acogedor restaurante de ladrillo color marrón, cerca del centro de la ciudad de Las Vegas, en una tarde reciente. Y desde ahí sueñan.

Olocuilta sirve comida tradicional incluyendo pupusas salvadoreñas; chicharrón y queso derretido envueltos en masa cocinada al comal. El restaurante tiene pinturas de paisajes en las paredes. Es su negocio más exitoso. Alvarado dice que a largo plazo el objetivo es abrir tantos restaurantes como sea posible. Pero eso está en “veremos”.

Ambos son beneficiarios del Estatus de Protección Temporal (TPS) que la administración Trump eliminará en septiembre próximo, lo que significa que estarán obligados a regresar a El Salvador o a perderse entre las sombras en los Estados Unidos, trabajando por debajo de la mesa con el temor de ser deportados tras haber residido legalmente en el país durante casi dos décadas.

La mayoría de los cerca de 200,000 salvadoreños beneficiarios de dicha protección, han solicitado la renovación de su estatus por última vez, aprovechando la oportunidad de conseguir la permanencia legal por 18 meses más, tener trabajos mejor remunerados y ahorrar para un futuro incierto. El TPS no ofrece un camino hacia la ciudadanía, y las opciones para que sus beneficiarios obtengan un estatus legal permanente están limitadas a las que están disponibles, con limitaciones, para cualquier persona, como el patrocinio de un familiar, una visa para víctimas de crimen, o petición de asilo, entre otras.

Aunque 10 países afectados por guerras o desastres naturales están cubiertos por el TPS, los salvadoreños representan la mayoría de los cerca de 325,000 beneficiarios. Todos ellos también penden de un hilo: Unos 193,000 niños ciudadanos estadounidenses tienen uno o dos padres de El Salvador con TPS.

Campos y Alvarado no siempre se han sentido tan tranquilos como ahora, que están sentados uno junto al otro, en un negocio que empezaron desde cero. Alvarado aprendió a reconocer atrocidades desde que era niño y empezó a huir dentro de su propio país en medio del surgimiento de una brutal guerra civil.

Cuando se casaron en el año 2000, la pareja  se topó con un callejón sin salida económicamente. No había empleo en la pequeña ciudad donde vivían, por lo que tuvieron que viajar para encontrar trabajo y el dinero que ganaban apenas alcanzaba para cubrir los gastos de transporte a su lugar de trabajo.

“Entonces tomamos la decisión de venirnos acá, a trabajar para ahorrar y regresarnos”, dijo Alvarado.

Cuando Alvarado fue trabajador indocumentado en un restaurante de comida rápida china en Los Ángeles, donde le pagaban $38 dólares por 13 horas al día, un terremoto de 7.6 en la escala de Richter sacudió las costas de su natal El Salvador. Ese temblor, y otro que ocurrió aproximadamente un mes después, mató a más de 1,000 personas, hirió a casi 8,000 y desplazó a alrededor de un cuarto de la población.

Poco después, la administración de George W. Bush anunció que los salvadoreños que vivían en los Estados Unidos podrían obtener estatus legal.

“Los estragos causados por estos terremotos hace extremadamente difícil para los salvadoreños regresar a sus hogares en condiciones seguras en este momento”, anunció la Comisionada Interina del entonces Servicio de Inmigración y Naturalización (INS) Mary Ann Wyrsch, en febrero del 2001, un mes después del terremoto. “Debido a esa la realidad, concederles el estatus de protección temporal es lo más prudente y humano”.

El permiso de trabajo que Campos y Alvarado obtuvieron les cambió la vida.

“Lo aprovechamos. Y lo aprovechamos al máximo. Porque si no lo hubiéramos aprovechado en ese tiempo pues básicamente estuviéramos así como muchos, con nuestro trabajo del día a día y ya, y gracias a Dios hasta hoy se puede decir que tenemos una estabilidad”.

Ese permiso de trabajo le ha permitido a Alvarado, quien se formó como artista en su país de origen, ascender de su empleo como lavavajillas, a cocinero en el restaurante de carnes del Bellagio, donde cautiva a los comensales con elaborados postres. Aunque no fue a una escuela de arte culinario, aprendió las técnicas en su trabajo e incluso hace retratos de los clientes sobre platos delineados con chocolate líquido y caramelo.

Alvarado también tiene seguro médico a través de su trabajo. Campos hace énfasis en que la familia nunca ha utilizado Medicaid ni otra forma de apoyo gubernamental.

“Nunca hemos dependido de nadie”, dijo Campos. “No queremos tomar ninguna ayuda del gobierno”.

Ella es una defensora tan apasionada de la preservación del TPS que fue invitada por la Senadora Demócrata Catherine Cortez Masto para asistir al discurso que el presidente Donald Trump ofreció durante el Estado de la Unión en enero.

Campos quiere que la gente sepa que los inmigrantes están enriqueciendo al país; su negocio es el sostén de cuatro familias y ella paga impuestos. Otras industrias se construyen con la mano de obra de los salvadoreños del TPS. A nivel nacional, el 88 por ciento de los beneficiarios participan en el mercado laboral, incluyendo 36,900 que tienen empleos en el sector de la construcción, 22,400 que trabajan en restaurantes o en el servicio de alimentos y 11,700 personas que hacen jardinería.

“Nuestros países son pobres y necesitan de este país, y este país también nos necesita a nosotros, que no digan que no”, dijo Campos. “No vengan a decir que ‘ay, solo nosotros los americanos’. Te aseguro que si todos los latinos nos pusiéramos de acuerdo y salimos por esa frontera, este país no es nada”.

“Y este país… imagínate sin culturas mexicanas, salvadoreñas… ¿Dónde está la diversidad que tanto disfrutamos?”

Josefina Solís, a la izquierda, y Rosa Miriam Burgos posan en la cocina del restaurante Olocuilta. Miércoles 1 de febrero del 2018. (Foto: Daniel Clark / The Nevada Independent).

Guerra civil

Los salvadoreños conforman el sexto grupo inmigrante más grande en los Estados Unidos, mayormente impulsado por una ola de migración en los ochenta, cuando El Salvador fue golpeado por una guerra civil de 12 años que mató a alrededor de 75,000 personas. En Nevada se estima que hay 6,300 beneficiarios salvadoreños del TPS, con grupos mucho más grandes viviendo en California, Texas y en la zona urbana de Washington, D.C.

Aunque las semillas del conflicto datan desde antes, por la agitación social y el conflicto entre las élites gobernantes y los trabajadores agrícolas rurales, alcanzó un momento decisivo y atrajo amplia atención con el asesinato del arzobispo de San Salvador, Oscar Romero, en 1980. 

Romero se había convertido en un abierto defensor de los derechos humanos quien le escribió al Presidente Jimmy Carter solicitándole detener la ayuda militar a El Salvador. Romero recibió un disparo en el corazón en 1980 mientras estaba celebrando una misa en la capilla de un hospital, un día después de que pronunció un sermón rogando que los soldados desobedecieran las órdenes de matar civiles.

La consecuente guerra puso al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, un grupo de guerrilleros izquierdistas, contra el gobierno salvadoreño, que fue asistido por los estadounidenses y ayudó a entrenar y equipar a un ejército que es culpado de matar y “desaparecer” por la fuerza a miles de personas, y por el asesinato de seis sacerdotes jesuitas en 1989, un evento que hizo que la opinión estadounidense se volviera drásticamente contra la guerra y llevara al Congreso a cortar la ayuda militar.

Alvarado recuerda una infancia despreocupada en la campiña de El Salvador, jugando con animales junto al río en un pueblito con pocas comodidades modernas. Él sólo tenía seis años cuando conoció el horror de la guerra después de que su padre — un catequista — comenzó a involucrarse más con la iglesia.

“Entonces en ese momento ya empezaban a perseguir a los religiosos porque creían que inculcaban la Teología de la Liberación, que era como para que los pobres aceptaran que si habían nacido pobres no era porque Dios así lo quería, sino porque había alguien que los explotaba”, dijo Alvarado.

Las fuerzas gubernamentales que querían acabar con la ideología marxista durante la Guerra Fría persiguieron a personas como el padre de Alvarado, quien comentó que la familia se sentía atrapada en medio de todo; él piensa que la guerrilla también aprovechó la persecución religiosa para poner a más gente de su parte.

“De esa edad, de los seis años, ya nuestra inocencia se fue como perdiendo, porque lo bonito que veíamos del paisaje se interrumpió con la llegada de los paramilitares y la guardia, que llegaban a perseguir a los papás de uno”, señaló.

Para él fue difícil entender por qué su padre, algunas veces, tuvo que salir por la ventana de su casa al caer el alba para ir a esconderse. Era porque habían oído que venían las fuerzas paramilitares.

Los soldados actuaron con impunidad, robando lo que encontraban y expulsando de sus hogares a los aldeanos. Alvarado cree que la idea era privar de alimentos a la guerrilla, o de cualquier otra ayuda que les pudieran dar los campesinos.

Todo comenzó cuando llegaban miembros de la guardia, golpeaban a unas cuantas personas y se retiraban. Pero Alvarado recuerda que las cosas empeoraron y las visitas empezaron a acompañarse con disparos.

Un día, cuando su padre estaba escondido y su madre salió a vender mangos, los soldados llegaron a la casa donde vivían Alvarado, sus dos hermanos y su abuela.

“¿Dónde está tu hijo?” Preguntaron los soldados a la abuela.

Ella les dijo que no lo había visto en días.

“Él es guerrillero y si no aparece, ustedes van a pagar las consecuencias”, así recordó Alvarado que dijeron los soldados.

Luego los soldados agarraron a la abuela y a los niños, quienes tenían entre seis y nueve años, y los metieron en una especie de zanja antes de incendiar la casa.

“Teníamos maíz y frijoles, así guardados en la bodega, y le pusieron fuego a todo eso y nosotros llorábamos”, dijo Alvarado. “Pero ya las instrucciones estaban dadas a esos grupos de que acabaran con la mayoría de gente que pudieran, porque esas personas corrían el riesgo de incorporarse a la guerrilla, y los niños pequeños podían ser guerrilleros más grandes. Ellos ya llevaban instrucciones de matar a todo mundo”.

Alvarado recuerda con lujo de detalle esos momentos; un rifle apuntando a la familia que estaba aterrorizada, instantes que, pensó, podrían ser los últimos de su vida.

“Primero iban a matar a mi abuela y dice ella: ‘No. Si me matan a mí, que nos maten juntos”, dijo Alvarado. “Ella nos abrazó y se puso a orar y nos acogió a los tres, solo esperando a que nos mataran”.

El soldado apretó el gatillo.

“Y, obra de Dios, no reventó el cartucho”, recordó Alvarado. “Regresa, le saca el cartucho, le mete el otro, y apunta, y no revienta tampoco”.

En ese momento, llegó otro guardia — al parecer, el líder — y le preguntó al soldado qué estaba haciendo. Cuando el soldado respondió que se trataba de la familia de un guerrillero y que los iba a matar, el supervisor lo apartó y le dijo que olvidara el asunto.

Después de que les perdonaron la vida, la familia permaneció agachada aproximadamente durante una hora hasta que las llamas envolvieron su casa. Unas horas más tarde, los padres de Alvarado regresaron tan solo para encontrarse con los restos humeantes de la vivienda. Tomaron la decisión de irse a vivir con una tía a otra aldea.

Pero el horror apenas estaba empezando para el niño.

“Caminamos por la calle y recuerdo que fue la primera vez que vi una persona muerta”, dijo Alvarado. “Era un primo de mi papá. Se llamaba Fermín. Lo habían dejado a media calle, pero de la muerte más horrible que se puede imaginar uno”.

La imagen de ese cuerpo lo acosó en pesadillas.

En la casa de su tía, construida para albergar a dos familias, fueron seis las que se acomodaron en busca de refugio.

“Desde esa fecha ya todo fue huir en nuestro propio país”, dijo. “En realidad, nuestra gente aceptaba ese mundo, decíamos que quizás teníamos que huir porque así era en todos lados. No conocíamos otro mundo más que ese”.

Alvarado recuerda que entre 1980 y 1984, la familia tuvo que huir unas 20 veces, y en ocasiones pasar semanas en las montañas, casi sin nada que comer. No era una situación fuera de lo común. Mientras que unas 4.7 millones de personas estaban viviendo en El Salvador en 1980, los investigadores creen que más de 1 millón fueron desplazados durante el conflicto, mientras que muchos buscaron refugio en el extranjero.

José Alvarado y Flor Campos, dueños del restaurante Olocuilta, hablan con periodistas. Miércoles 1 de febrero del 2018. (Foto: Daniel Clark / The Nevada Independent).

La masacre en El Calabozo

La vida continuaba a pesar de los enfrentamientos. Alvarado recuerda que nacieron bebés en tiempos en los que la gente se tenía que esconder en las montañas. Una de esas veces, una muchacha estaba cargando a un recién nacido cuando un guardia se le acercó. El bebé empezó a llorar porque tenía hambre; la madre no había comido en dos días y ya se le había secado su leche.

El resto de las personas en el grupo, frenéticas, le dijeron que callara al bebé porque los soldados iban a descubrir el escondite y los iban a matar a todos. Alvarado explicó que ya de por sí con cerca de 150 personas en el grupo era bastante difícil ocultarse.

“Se oía que la guardia iba tirando balazos y la muchacha y el niño no paraban de llorar”, dijo. “Y uno de los que andaban cuidando le dijo que, si no callaba al niño, la iba a sacar de ahí y a separar de la gente, porque no quería que mataran a toda la gente por ella”.

Alvarado se muestra estoico al repetir la angustiante respuesta de aquella madre.

 “Creo que la muchacha tomó la decisión más difícil de su vida”, dijo.

La joven envolvió al bebé entre sus brazos, lo puso contra su pecho, y lo mantuvo lo más cerca que pudo de ella.

“En cuestión de minutos, el niño había muerto”, comentó Alvarado.

Cuando el guardia finalmente cercó al grupo, la gente se dividió en tres subgrupos y cada uno corrió en distintas direcciones. Alvarado huyó en un grupo, su abuela estaba en otro que se mantuvo a un costado del río, y un tercero se trasladó al otro lado del río. El grupo de su abuela fue capturado, pero sobrevivió.

Alvarado y su grupo habían oído disparos a lo lejos, como si hubiera habido un enfrentamiento. Al paso de unos días, luego de verificar que el guardia se había alejado, unas personas fueron a la orilla del río para ver qué había pasado con los demás.

A todos los habían asesinado.

Este incidente ocurrió en 1982 y es conocido como la masacre de El Calabozo. Hubo más de 200 personas asesinadas. Actualmente, hay un monumento a lo largo del río Amatitán donde están escritos los nombres de los difuntos; niños desde un mes de nacidos, hasta los 16 años de edad, ancianos, mujeres embarazadas.

Las tragedias eran implacables y se repitieron en 1984. Cuando los soldados volvieron a llegar y la familia tuvo que huir, la abuela de Alvarado estaba enferma y se quedó sola en la casa mientras los demás se echaban a correr.

“Fue la última vez que vimos a mi abuela, porque la encontraron y no se supo más de ella”, dijo.

Más tarde, el hermano pequeño de Alvarado murió de inanición. Ya estaba muy debilitado y falleció luego de haber pasado 15 días sin comer.

Flor Campos limpia una lágrima de su rostro mientras su esposo José Alvarado la observa. Ambos son dueños de un restaurante en Las Vegas y beneficiarios del TPS. Foro comunitario en el Consulado General de El Salvador en Las Vegas. Jueves 11 de enero de 2018. (Jeff Scheid / The Nevada Independent).

Después de la guerra

La familia finalmente pudo llegar a un refugio en Honduras mientras la guerra seguía. Antes de que se firmara un acuerdo de paz en 1992, Alvarado vio cómo sus amigos se involucraron en el conflicto y murieron en la lucha.

Cuando llegó la paz, la familia de Alvarado se reunió con su padre en El Salvador. La gente trató de olvidar lo que había sucedido, incluyendo a Alvarado, quien comenzó a estudiar arte.

“Me meto en el cuadro y pinto lo que mi mente necesita ver, paisajes, folclor de mi país, que es algo que se lleva en la sangre”, dijo Alvarado. “Aunque, como dicen, el color de la guerra y la sangre jamás se olvida”.

Él cree que los horrores del conflicto han tenido un efecto duradero en sus connacionales.

“La situación de El Salvador, que pasó una guerra tan brutal, en realidad no cambió en nada”, dijo. “Los mismos problemas tuvieron una mutación a otro tipo de problemas; la delincuencia no era mucha durante la guerra, pero después de la guerra, muchos soldados, que quedaron sin trabajo, optaron por irse a delinquir. Las cosas empeoraron porque la gente no podía andar tranquila”.

Alvarado dijo que muchos soldados — incluidos los niños — no tuvieron oportunidad de reconstruir su vida, ya que hubo pocos programas gubernamentales disponibles para apoyarlos y rehabilitarlos. Los intentos de reconstruir el país después de la guerra se postergaron una década por el terremoto (el país es propenso a este tipo de sismos porque se asienta sobre el llamado Anillo de Fuego, que es sísmicamente activo).

Hoy en día, alrededor de un tercio de los salvadoreños viven por debajo de la línea de pobreza, y un quinto del producto interno bruto del país proviene de las remesas que envían amigos y familiares que viven en el extranjero. Las principales exportaciones del país son el café, azúcar y textiles, pero también se está desarrollando el sector productivo de mantenimiento de aviones.

Tirso Sermeño, Cónsul de El Salvador en Las Vegas, dijo que en el país abunda la vegetación y está repleto de bellezas naturales. Los aviones que descienden en el aeropuerto vuelan entre un volcán y las impecables costas, mundialmente famosas por el surfeo.

A diferencia de otras naciones de Centroamérica, como Costa Rica, después de la guerra el país tuvo que empezar su infraestructura turística desde cero, pero Sermeño dijo que actualmente el turismo es uno de los sectores de mayor crecimiento, con visitantes que llegan en vuelos directos desde California, o en cruceros.

El país aún lucha por superar el estigma internacional en torno a su criminalidad. En el 2015, por ejemplo, fue designado la capital mundial del homicidio debido a que dos principales pandillas libran batallas para tener el control del territorio; la pandilla de la Calle 18 y la Mara Salvatrucha, también conocida como MS-13.

Esta última tiene sus raíces en los Estados Unidos, cuando los hijos de los inmigrantes salvadoreños que huyeron de la guerra civil en los ochenta se unieron en Los Ángeles para enfrentar a las pandillas mexicanas. 

La administración Trump ha citado las técnicas brutales de la pandilla como una razón para poner fin a programas de ayuda humanitaria para los migrantes, tales como un programa llamado Menores Centroamericanos. Mientras la MS-13 de hecho ha dejado una marca en los Estados Unidos — recientemente la policía de Las Vegas culpó a la pandilla de 10 homicidios en el área en el plazo de un año — algunos creen que el énfasis de los políticos en la pandilla se está usando como pretexto para sacar del país a inmigrantes respetuosos de las leyes.

“Entonces ahora que se están enfocando más en lo que es la mara, se me vino a la mente como… como poniendo una excusa”, dijo Campos. “Ahora se está enfocando más en los salvadoreños  ¿Por qué? Porque él [Trump] quiere que el TPS desaparezca… Yo no tengo nada que ver con eso [las pandillas] y soy salvadoreña y trabajo bien duro”.

Sermeño reconoció lo grave de la delincuencia, pero dice que personas ajenas al tema tal vez tengan una visión distorsionada de la situación.

“Lógicamente las noticias que uno recibe a veces hacen ver que la violencia es generalizada y que usted no puede salir de su casa”, dijo Sermeño. “No voy a negar que no exista, sí existe, y son polos muy focalizados, pero gracias a Dios, para el turista tenemos 300 kilómetros de playas preciosas. Usted va a restaurantes, discotecas, cines llenos y dice: “¿Dónde está la violencia?”

Reynaldo Osmin, quien vive en El Salvador y llegó a Las Vegas en enero para participar en una conferencia organizada por REJUES (Red de Juventudes Salvadoreñas en el Exterior) dijo que él ha experimentado ambos aspectos de su país. Una vez fue agredido en una parada de autobús por personas que se identificaron como miembros de pandillas y lo amenazaron de muerte.

Osmin dijo que la experiencia lo hizo buscar maneras de mejorar la situación de los jóvenes. Por eso se unió al grupo Juventudes por la Paz, que trabaja para ofrecer becas y oportunidades de voluntariado para los jóvenes.

El joven ahorró $900 dólares para viajar a Las Vegas y asistir a la conferencia; dijo que valía pena porque renovó su compromiso de trabajar para mejorar su país.

“El Salvador no solo es cosas oscuras. Mi país es hermoso”, dijo Osmin, de 21 años. “Algo sí le puedo asegurar: En El Salvador somos más los buenos, y donde usted vaya, ahí va a encontrar a un salvadoreño con una sonrisa”.

Reynaldo Osmin viajó desde El Salvador a Las Vegas para particpar en el evento organizado por la Red de Juventudes Salvadoreñas en el Exterior (REJUES). Sábado 13 de enero del 2017. (Foto: Luz Gray).

Emigrar

Alvarado recuerda haber tenido una complicada visión de los Estados Unidos cuando estuvo en El Salvador.

“Se oían dos versiones de los Estados Unidos: La de los guerrilleros, que decían que era el imperio, que era el que estaba financiando la guerra, y que los que nos andaban matando eran entrenados acá”, dijo. “Y la otra versión, que nos decían los misioneros que llegaban de los Estados Unidos y nos planteaban el otro lado humano del pueblo estadounidense, que es un pueblo muy bondadoso”.

Estados Unidos también fue la fuente de regalos que recibían por correo aéreo durante las fiestas. Alvarado recuerda sobres con rayas rojas y azules y tarjetas de Navidad que tocaban música y contenían billetes de $10 ó $20 dólares.

Alvarado ya había querido salir de El Salvador y estudiar en Europa o viajar a los Estados Unidos con una visa. Pero no fue nada fácil.

“Es muy difícil agarrar una visa en El Salvador, porque en el momento en que uno llega a la embajada a pedir una visa, ya le ven a uno en la frente la palabra ‘ilegal’, de que, si te dan la visa, tú te vas a quedar”, comentó.

En lugar de eso, muchos se trasladaron a Guatemala y luego cruzaron México a pie. Algunos abordaron el famoso tren conocido como “La Bestia”, viajaron sobre el techo por días hasta a quedarse dormidos a veces y caer a su muerte. Los delincuentes subían a bordo para robar y violar a los migrantes.

Ahora el viaje se ha vuelto más difícil, especialmente con las promesas de Trump de construir un muro y el incremento de seguridad en la frontera.

Alvarado duda si eso será suficiente para detener a los inmigrantes que escapan de las garras de las pandillas y de sueldos de $5 dólares al día, o que desean reunirse con la familia en los Estados Unidos. Dijo que si los gobiernos de los Estados Unidos y Centroamérica no son capaces de resolver los problemas las personas van a continuar llegando.

“La gente va a venir, así le pongan espinas y lo que sea en el camino”, dijo Alvarado. “La gente va a caminar sobre espinas o vidrios, lo que sea. El muro, yo pienso que no importa qué tan fuerte y tan alto sea, la gente va a encontrar la forma de saltarlo”.

Un grupo de personas escuchan a expertos en temas de inmigración durante una reunión en la Iglesia Católica Santa Ana. Martes, 28 de noviembre del 2017. (Foto: Jeff Scheid / The Nevada Independent).

Vida en los Estados Unidos

Después de tres meses de buscar empleo y sólo encontrar trabajo en el campo en su propio país, unos familiares le prestaron a Alvarado y a Campos los $15,000 dólares que necesitaban para viajar a los Estados Unidos, pero al ser trabajadores indocumentados batallaron para pagar la deuda. Alvarado ganaba menos de 40 dólares al día en un restaurante, y Campos encontró un trabajo como mesera.

El devastador terremoto que azotó a su país en el 2001 abrió una puerta que no esperaban. Al poco tiempo se les permitió solicitar estatus legal y permisos de trabajo a través del TPS.

Alvarado comenzó a trabajar la noche antes de los ataques del 11 de septiembre. Al día siguiente, se enteró de que había perdido el empleo, su patrón despidió a un tercio de su fuerza laboral mientras la economía resentía las consecuencias.

La pareja decidió permanecer en los Estados Unidos por otros tres años. En ese entonces nació su primera hija y con el afán de seguir adelante, empezaron a ahorrar dinero para abrir su primer restaurante.

El negocio no sobrevivió, pero la pareja no se dio por vencida. Al poco tiempo inauguraron Olocuilta, un restaurante ubicado en el este de Las Vegas, que abrió sus puertas hace 10 años. El lugar lleva el nombre de un municipio de El Salvador que es considerado el origen de la pupusa hecha con harina de arroz y que mantiene el Récord Mundial Guinness por hacer la pupusa más grande del mundo.

Actualmente viven con sus dos hijas — Estefani, de 15 años, y Jazmín, de 7 — quienes son ciudadanas estadounidenses. Estefani quiere ir a la universidad y ser enfermera, pero su mamá la anima para que elija un camino más corto que la pueda colocar más rápido en el campo profesional en caso de que la familia pierda el estatus legal y no pueda pagar los estudios.

Las niñas han visitado El Salvador, pero no se quieren ir a vivir allá. Ellas piensan y actúan como estadounidenses, dijo Campos, y no les gusta el clima húmedo del país, ni que en el pequeño pueblo rural de sus padres no tengan sus alimentos preferidos: McDonald’s y pizza.

La duda acerca de qué harán si no se interviene antes de que el TPS desaparezca en septiembre, los agobia. La pareja ha analizado la situación, considerando que familiares podrían cuidar a sus hijas o a su negocio, y han pensado en qué podrían hacer si tienen que regresar, y cómo salir adelante debido a la precaria economía de El Salvador.

“Ella se despierta a veces que no puede conciliar el sueño porque está pensando siempre en… en esto”, dijo Alvarado acerca de su esposa. “ En qué va a ser del restaurante, la familia, o sea, esto… No es como decir ‘me voy a mi país y me voy a llevar a mis hijas’. Ellas no son de allá”.

Esperan que dentro del próximo año y medio haya algún respiro para personas que pasan por una situación similar a la suya, quizás a través de una ley en el Congreso. De hecho, hay varias iniciativas de ley para resolver la situación y ofrecer una oportunidad para que los beneficiarios del TPS tengan estatus legal después de septiembre.

Aunque consideran que la revocación del TPS es un ataque personal — al minimizar sus contribuciones económicas y culturales, creer que son gente mala, y tener una falta de empatía respecto a las condiciones que persisten en su país — están tratando de recordar las cosas que les gustan de los Estados Unidos.

“Yo recuerdo que este país, cuando ha habido tragedias, ha ayudado mucho a nuestros países. Igual cuando nosotros venimos y agarramos el TPS, el cual agradecemos mucho porque nos dio la oportunidad de emprender y ser lo que somos ahorita, entonces sentimos amor por este país”, dijo Alvarado. “Quisiéramos una oportunidad para quedarnos y seguir contribuyendo”.

Un cuadro con bandera salvadoreña enmarca una de las paredes del restaurante Olocuilta, en Las Vegas. Miércoles, 1 de febrero del 2018. (Foto: Daniel Clark / The Nevada Independent).

 

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